A estas horas siempre me siento
culpable, la mente en el blanco de la pared sigue estando muda. Dando las vueltas de siempre, tengo hambre,
pienso en balde.
Vale que a estas horas la música
tenga base lenta, suave, melódica; Y que un drogadicto escupa su ira con
dulzura para camelar otras mentes confusas. Música que recuerda sentimientos,
sin nombres sin culpas, con miedos. Sigo dando vueltas, pero no me muevo.
Oigo hablar de mujeres drogas y
egos, siempre egos, voces que danzan entre cajas demostrando desasosiego. No
suena especialmente bien, pero tienen duende, eso que pocos músicos tienen y que todos
buscan, transmiten. Y es que cualquiera puede hacer música, cualquiera puede
hacer que suene, y que retumbe bien fuerte. Lo difícil es hacer que escueza,
que el imán de los cascos sangre con cada silaba muerta, con la sangre
seca del que ya lo sangró en un folio.
Cuando no sabes si sangras por empatía
o por saberse removido desde lo profundo de tu subconsciente, sabes que has
encontrado la música.
Y en el fondo no sé qué tienen,
porque me suena mal.
viernes, 21 de junio de 2013
Normalmente
hace bueno, pero hoy no.
Me
está comiendo un libro y fuera esta tronando.
Los
cascos rotos, en el suelo, gritan un susurro mudo
llorando
por la marca que engendraron en mi cuello.
Y
fui yo. El que los reventó de usarlos.
Enamorando
mis oídos al son de unos bajos bastos.
Ellos
marcaban ritmo yo iba caminando,
ellos
cantaban himnos, yo, seguía flotando.
No
creo en el azar, yo creo en el modo aleatorio,
dejar
correr las pistas, sin rumbo, sintiéndolo.
Escuchar
la variedad es disfrutar y eso es muy obvio.
Vacío
mi odio pa’ empezar mi próximo episodio.
En
el no cabe el drama, solo tu yo en mi cama.
Las
risas, se alargan, las noches no pasan.
Solo
un fugaz destello para iluminar dos almas
la
música es tu sustituta, el rey de mis moradas.
¡Monada!
Sonríeme, alégrame el día,
hazlo
despacio, se mi dulce sintonía,
que
no tengo más prisa que dejar pasar las horas verte-jugar
con tu pelo y darnos buena compañía. ¡Pues ya ves! Sonreiré hasta que seas mi ruina, haz del placer la mejor de mis rutinas. Que el café por la mañana es mas amargo cuando es solo y es poesía si tu culo bailotea por mi cocina.
Hace ya demasiado, hubo
un tiempo en el que daba mucho las gracias.
Comparándolo
con ahora evidentemente parecían tiempos mejores, o peores no sé, lo mismo eran
más vacíos, pero en el fondo me da igual, yo era bastante feliz, una cosa
razonable. Lo malo es que yo tuve poco que ver en ese cambio, ni lo provoque yo
ni tuve la culpa de volver a mi estado normal después. Básicamente me dejé
llevar, y bendito momento en el que lo hice.
Lo más
impactante, lo que más me ha llamado siempre la atención, es que me dieran las
gracias.
Me
explico:
Viene
alguien, te altera completamente tu forma de pensar, te abre los ojos y te hace
sentir feliz.
Siempre se
reía de mí y sonreía mientras decía: "No eres más que un romántico
idealista que intenta negarlo siempre"; ella aparentaba no serlo, y creo
que debajo de esa capa de "gracias" lo era, pero qué más da.
Ella era una bonita morena, reservada, con una dulce sonrisa, tan dulce como selecta, no todo el mundo podía presumir de conocerla. Sus preguntas no eran fáciles, y sus respuestas solamente aparentaban
serlo. Las conversaciones resultaban realmente interesantes y siempre sabía que
música elegir, qué bien que sonaba aquello...
Lo último
que conservo, antes de que desapareciera sin más, es un papelito
con la palabra que tantas veces repitió, y que tan pocas veces le vi el
sentido: "Gracias!".
Y
desapareció.
La de
vueltas que le daría yo a aquél papel. Nunca entendí a qué venia tantísimos
gracias, y a día de hoy sigo sin entenderlo. Pero bueno, con el tiempo aprendí
a disfrutarlos y se me fue pegando la costumbre de dar las gracias siempre que
me apeteciera, aunque las leyes sociales no lo indicaran, aunque se quedara
fuera del protocolo. Y joder, no sé qué mecanismo tenía aquello, no sé cómo
mierdas actuaba en mí, pero me hacía sentir feliz, y eso estaba muy bien.
Con el
tiempo fui perdiendo esa buena costumbre, y aun que las conversaciones surgen esporádicamente
un par de veces al año, la verdad es que nunca le he echado los huevos
suficientes para preguntarle por qué tantas gracias... o quizás dárselas yo.
Me dejó un
papelito blanco y una muy buena recomendación musical.
Nada más que
añadir.
"Gracias!".
(Entonces nadie conocía a Vetusta Morla, era algo especial)